Dispositio. Sexo, poder y representación

03.03.2026

Por Fernando López Lage

Analizar lo pornográfico implica desentrañar una red compleja donde convergen el deseo, la sexualidad y el placer, pero también el poder, la historia y la representación. En este marco, los cuerpos, los discursos y los espacios conforman dispositivos: estructuras que se definen por la manera en que estos elementos se configuran entre sí.

Michel Foucault denominó poder disciplinario a los saberes e instituciones que toman los cuerpos como territorios para el dominio político. Dado que somos sujetos, hablar del poder en términos de dominación expone una técnica específica que se denomina gubernamentalidad. Esta posibilidad de ser gobernados y gobernantes abre la cuestión del autogobierno y la resistencia; pensar el gobierno en este sentido es pensar cómo manipular las conductas.
Bajo esta óptica, la libertad consistiría en dejar de buscar quiénes somos según el mandato del poder para empezar a inventar quiénes queremos ser mediante ejercicios éticos, estéticos y políticos.

La pornografía es una maquinaria de producción de subjetividad. El dispositivo porno captura el placer y el deseo, los organiza bajo reglas y asimetrías de dominio, y los devuelve como una verdad sobre nuestra identidad. Es un dispositio positivo, no funciona prohibiendo, sino dictando cómo se debe desear. En el porno industrial, no existe placer independiente del poder; el juego de fuerzas, quién mira y quién es mirado, se convierte en la fuente misma de la excitación. El poder se erotiza y el deseo actúa como una dirección de la conducta del otro. La captura del deseo encuentra un eco y una ruptura, en el arte contemporáneo. En "Made in Heaven" (1989), Jeff Koons utilizó el kitsch y el pop para elevar el sexo a una épica divina donde el deseo produce desde el exceso. Sin embargo, en la contemporaneidad, esa fuerza ha sido capturada por una matriz técnica más oscura. Mientras Koons usaba el mármol, cristal, etc; para divinizar la unión sexual, 

JEFF KOONS. Made in heaven. 1989 - Whitney Museum, bilboard en la calle.

Anna Uddenberg en "Fake Estate" (1) utiliza materiales sintéticos y ergonómicos para reducir el cuerpo a un componente del diseño industrial.
En Uddenberg, el dispositivo se desborda hacia la infraestructura cotidiana: la sumisión ya no es solo un juego erótico, sino una metáfora de la relación del sujeto contemporaneo con la gubernamentalidad algorítmica.
Las poses de sus performers reflejan nuestra interacción con interfaces user-friendly: una comodidad erotizada donde el placer reside en ser conducidos por una arquitectura digital diseñada para nuestra satisfacción.

En este siglo, el dispositivo se desplaza hacia nuevas formas de exhibición y control en plataformas como Tinder u OnlyFans, pero también hacia una sinergia trágica entre la pornografía y la violencia.

Históricamente, el nazismo utilizó la pornografía producida en los estudios de Sachsenwald (2) como un recurso macroeconómico, intercambiando filmes clandestinos por acero o petróleo. El jurista Rafael Lemkin(3)  observó cómo el ocupante nazi inundaba poblaciones con pornografía para anestesiar el espíritu combativo, funcionando como una droga social que fragmenta la comunidad y vuelve a los individuos dóciles, distraídos y onanistas. Esta lógica de dominio alcanza su punto más crítico en la necropornografía. Como señaló Susan Sontag sobre Abu Ghraib (4), la explotación del dominio se utiliza para alimentar una industria del morbo donde la frontera entre la ficción y el exterminio se disuelve. En el ecosistema de la hiperinformación, esta equivalencia es absoluta: en una misma pantalla conviven banners de sexo con registros de torturas.

Históricamente, el nazismo utilizó la pornografía producida en los estudios de Sachsenwald (2) como un recurso macroeconómico, intercambiando filmes clandestinos por acero o petróleo. El jurista Rafael Lemkin(3)  observó cómo el ocupante nazi inundaba poblaciones con pornografía para anestesiar el espíritu combativo, funcionando como una droga social que fragmenta la comunidad y vuelve a los individuos dóciles, distraídos y onanistas. Esta lógica de dominio alcanza su punto más crítico en la necropornografía. Como señaló Susan Sontag sobre Abu Ghraib (4), la explotación del dominio se utiliza para alimentar una industria del morbo donde la frontera entre la ficción y el exterminio se disuelve. En el ecosistema de la hiperinformación, esta equivalencia es absoluta: en una misma pantalla conviven banners de sexo con registros de torturas.
Un hecho histórico atroz fue la decapitación de Nick Berg por Al Qaeda en 2004, cuyo video destronó al sexo como el contenido más buscado en la web. Este desplazamiento marca el momento en que el shock de la muerte supera a la pulsión erótica, reduciendo el cuerpo del otro a un simple flujo de datos para el consumo global. En estos días y frente a la conmoción global producida por el caso de los archivos de Jeffrey Epstein, la asimetría llega al extremo. Los archivos de Epstein revelan un dispositio que no solo busca el placer, sino el chantaje y el control geopolítico a través del cuerpo del otro, especialmente niñas/os, menores y mujeres secuestradas. Sin aclararse del todo a la fecha, el dispositivo de control y chantaje tiene evidencias de homicidios y torturas que bordean los crímenes de lesa humanidad.

El sexo es puramente un ejercicio de soberanía y una moneda de cambio, similar a las películas nazis de Sachsenwald, pero operando en el corazón del poder mundial. Foucault sostuvo que el soberano es aquel que puede decidir quién está dentro y quién está fuera de la ley. En esta red de pedofilia y esclavizacion sexual, los poderosos crearon un limbo jurídico. Lugares como la isla Little Saint James funcionaron como embajadas de la voluntad privada. El cuerpo de los menores de edad perdía sus derechos biopolíticos, de protección, de salud, de educación; para convertirse en nuda vida (5), una que puede ser vulnerada sin que se considere un sacrificio o un crimen, porque el soberano ha suspendido la ley.

El deseo, se revela no como un secreto profundo, sino como una maquinaria productiva ensamblada con la tecnología para generar nuevas formas de gobierno y trágicamente, nuevas fronteras de la crueldad humana.

Frente a este panorama de captura algorítmica y despojo biopolítico, cabe preguntarse si el deseo conserva aún su potencia subversiva. Si el dispositivo pornográfico es una construcción técnica y social, la resistencia no reside en un retorno a una pureza perdida, sino en la invención de nuevos usos para los elementos de esa misma máquina.
La libertad surge de la capacidad de sabotear la manipulación de conductas mediante el ejercicio de una ética del autogobierno.

Si el poder erotiza la sumisión y el dolor para transformarlos en mercancía, la resistencia podría consistir en desbordar esos roles: crear formas de afecto y placer que no busquen la verdad del sujeto en una etiqueta de dominio, sino en la creación colectiva. El deseo, al ser ese elemento incómodo y terco que teje, hila pero no sutura, sigue siendo la línea de fuga que permite imaginar desplazamientos; una fuerza capaz de habitar la propia artificialidad del cuerpo para inventar identidades que el algoritmo no pueda predecir ni el soberano pueda capturar.

ANNA UDDENBERG. Fake estate . Septiembre de 2022 - Enero de 2023. Schinkel Pavillon, Alemania.Vista general de exposición.

JEFF KOONS. Made in heaven. 1989 - Whitney Museum, bilboard en la calle. Vistas de instalaciones


1. La exposición Fake- Estate (2022) de la artista sueca Anna Uddenberg, presentada en el Schinkel Pavillon de Berlín, es una pieza fundamental para tu ensayo porque materializa la relación entre el diseño industrial, el control conductual y la sumisión voluntaria. 

2. Durante el Tercer Reich, mientras la propaganda oficial de Goebbels promovía la castidad y la familia aria, funcionaba en la sombra una industria pornográfica estatal. Sachsenwald no era solo un estudio de cine; era una herramienta de inteligencia y economía de guerra.

3. Raphael Lemkin fue el abogado polaco de origen judío que acuñó el término genocidio en 1944. Su trabajo fue fundamental para que este concepto pasara de ser una idea sociológica a un delito castigado por el derecho internacional. Lemkin buscaba una palabra específica para describir las atrocidades nazis y otros exterminios históricos, como el armenio que hasta entonces Churchill llamaba un crimen sin nombre. Originalmente, él no solo incluía el asesinato masivo, sino también la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de un grupo, como su cultura, religión y medios de subsistencia. Tras perder a casi toda su familia en el Holocausto, Lemkin dedicó su vida a presionar a la recién creada ONU para que criminalizara estos actos.

4. El caso de Abu Ghraib es un hito de la infamia contemporánea que estalló en abril de 2004, cuando se revelaron fotografías que documentaban torturas, abusos sexuales y humillaciones degradantes contra prisioneros iraquíes por parte de soldados estadounidenses y agentes de la CIA.

5. La nuda vida es un concepto filosófico desarrollado principalmente por el pensador italiano Giorgio Agamben para describir una forma de existencia humana despojada de todo derecho, estatus político o protección jurídica.