El perro y un gallo sin plumas
Por Fernando López Lage
Diógenes de Sínope fue un filósofo griego, considerado el más destacado del pensamiento cínico. El cinismo no fue una escuela, no tuvo academia ni dogmas; fue un movimiento, una corriente de pensamiento y también una forma de vida.
El maestro de Diógenes fue Antístenes. Los especialistas consideran que fue el fundador de la corriente; en principio se convirtió en seguidor de Sócrates, pero luego radicalizó su ética. El pensamiento de Antístenes se centró en la ética práctica, rechazó lo metafísico y la lógica teórica, y sostenía que la virtud era el único bien verdadero y suficiente para alcanzar la felicidad. Propuso un estilo de vida austero, donde el placer era un enemigo potencial que podía esclavizar la voluntad del sujeto.
El sabio se guiaría entonces solo por la ley de la virtud y debería ser independiente de lo material y de la opinión ajena. Diógenes, su discípulo, fue rechazado en principio por el maestro del cinismo, que intentó golpearlo con un bastón.

En la "Introducción a la filosofía" (1), Diógenes Laercio cuenta que Diógenes de Sínope: "Habiendo llegado a Atenas, se encaminó a Antístenes; y como este, que a nadie admitía, lo repeliese, prevaleció su constancia. Y aun habiendo una vez alzado el báculo, diciendo: 'Golpea, que no hallarás leño tan duro que de ti me aparte, con tal que enseñes algo'. Desde entonces quedó discípulo suyo, y como fugitivo de su patria, se dio a una vida frugal y parca".
Diógenes fue desterrado de su ciudad natal y vivió la mayor parte de su vida en Atenas. Fue por algo relativo a una falsificación de monedas o al menos ese mito rodea su exilio. Existen anécdotas que mezclan datos y contradicen la historia, pero lo interesante de la causa de su destierro fue lo que generó metafóricamente.
Las monedas falsas podrían interpretarse como un símbolo encarnado de la sociedad, de la familia o de la decencia pública. La única moneda irremplazable imposible de falsificar sería la virtud.
Diógenes fue un personaje extravagante que lleva hasta las últimas consecuencias la vida conforme a la naturaleza, el desprecio de las convenciones y la absoluta independencia de las instituciones. Vivió como un auténtico perro y sin apego por los bienes materiales.
La palabra cinismo proviene del latín cynismus, y esta a su vez del griego kynismós, derivada de kyon, que significa perro. Quienes lo apodaron "Perro" querían señalar su falta de vergüenza y el carácter animal que poseía Diógenes y que también le enorgullecía. Se había desapegado totalmente de las preocupaciones cotidianas humanas que distinguen a los hombres de los animales y, como consecuencia, consiguió una plena independencia, libertad e indiferencia. Un ratón le enseñó la lección de ser capaz de adaptarse a cualquier contingencia. La vinculación de Diógenes con los animales alude a una simpleza radical y, al reivindicarla, le hace aparecer como un mendigo ante los otros.

Para Diógenes la mendicidad fue una práctica filosófica en sí misma. Todos los cínicos fueron mendigos y la práctica de la mendicidad era un acting que implicaba el ingreso en la vida cínica radical. Ser mendigo no fue vergonzoso; vivir sin familia, sin casa y sin ciudad y abandonar todas las posesiones, incluso la ropa, fue también una muestra de autodominio y de control.
Aprender a vivir con el mínimo de recursos posibles (por ejemplo, no comían carne) es una forma de entrenamiento y de no dependencia de la organización social y de la cultura del trabajo. Esa práctica antiespecista la sostuvo hasta que fue anciano. Los relatos de las posibles causas de muerte de Diógenes son múltiples e incluyen: un suicidio voluntario al contener la respiración, y otra versión es muerte por mordedura de perro. Todo inverificable, pero parte de la mitología que lo rodea.
Un principio básico de los cínicos como Diógenes fue afirmar que si un acto no es vergonzoso en privado, tampoco es vergonzoso en público. La razón aleja al sujeto de los errores y lo acerca a la mejor manera de vivir. Diógenes desprecia las pretensiones del conocimiento que no conducen a nada.

"Habiendo Platón definido al hombre como 'Animal de dos pies e implume', y siendo celebrado por ello, tomó Diógenes un gallo, quitóle las plumas, y lo metió en la escuela de aquel, diciendo: 'Este es el hombre de Platón" (2). Diógenes fue muy crítico de Platón; fue un materialista que despreciaba las sutilezas metafísicas y señala una clara ruptura con un modelo de ética principalmente teórica.
El talento de Diógenes para cuestionar las convenciones sociales y subvertir el poder político pueden conducir a una idea sesgada de sus planteos. Diógenes promovía la razón y la virtud, no las negaba, porque para un individuo estar de acuerdo con la naturaleza es ser racional, ya que estas forman parte de la naturaleza y del accionar humano.

El desencanto de la polis
El contexto histórico donde se desarrolla el cinismo fue durante la crisis del siglo IV a. C. Ese fue un período de profunda inestabilidad política, económica y de gran transformación social que experimentó la antigua Grecia tras la Guerra del Peloponeso. Una época que marcó el fin de la era clásica de las polis y preparó el terreno para el ascenso de Macedonia y la posterior era helenística. La idea de la nacionalidad perdió importancia con la caída de las polis, dando cabida a una idea cosmopolita. El desencanto con el sistema tradicional de la polis y sus valores fue un rasgo cultural y filosófico definitorio. La inestabilidad, la corrupción y la incapacidad de las ciudades-estados para garantizar la prosperidad llevaron al surgimiento de nuevas formas de pensar. Las mujeres de clases altas tuvieron la oportunidad de participar en la cultura y la política, algo que no sucedía en la Grecia clásica.
La filosofía de la época reflejó este desencanto de varias maneras, buscando respuestas fuera de la política convencional como lo hizo Platón y La República.
Platón, discípulo de Sócrates y testigo de la ejecución de su maestro con cicuta y de la decadencia ateniense, propuso en La República un modelo de Estado ideal y utópico, gobernado por reyes filósofos. Estos gobernantes no tendrían propiedad privada y se dedicarían por completo al bienestar común, guiados por la razón.
Cuestionó radicalmente a la democracia y a la oligarquía, argumentando que ningún gobierno existente era justo porque uno era caótico y el otro corrupto. El tema central de la obra es la búsqueda de una definición de justicia, tanto en el individuo como en la polis. La justicia se logra cuando cada ciudadano cumple con la función para la que está mejor dotado por naturaleza, sin interferir en las actividades de los demás. También consideraba que la estructura de la ciudad se relaciona con las tres partes del alma humana: la racional, que eran los gobernantes; la irascible, que eran los guerreros; y la concupiscible, que eran los trabajadores. El equilibrio de estas partes da como resultado un hombre justo. La educación para Platón era fundamental y proponía un sistema riguroso para los guerreros y futuros gobernantes, asegurando el desarrollo de la virtud y el conocimiento para liderar.
A través de la conocida Alegoría de la caverna, explica su teoría de la existencia de dos mundos: el mundo sensible, aparente, conocido por los sentidos; y el mundo inteligible, real, alcanzable por la razón. Criticó duramente la democracia ateniense por demagoga y manipulable.
Diógenes, por su lado y siendo contemporáneo a Platón (3), llevó el desencanto al extremo rechazando la civilización entera. Su filosofía promovió la retirada total de la vida pública, la autosuficiencia y la vida natural como única vía para la felicidad, desvalorizando la ciudadanía y la lealtad a la ciudad-estado.
Diógenes fue el primer cosmopolita, rechazando la lealtad a una sola polis.
Las fronteras geográficas actualmente son un constructo que responde a convenciones que constituyen el mundo. Un mundo que Diógenes caracterizaba como sistema político cerrado.
En la antigua Grecia, la identidad, derechos y moralidad de los individuos estaban intrínsecamente ligados a la polis (Atenas, Esparta, etc.). Ser apátrida era impensable. Cuando le preguntaron a Diógenes de dónde venía, él respondió: "Soy un ciudadano del mundo".
Para Diógenes todas las leyes y costumbres de las polis eran convenciones artificiales que se interponían en el camino de la vida natural y la virtud. Al definirse ciudadano del mundo, negaba su lealtad a Sínope o Atenas y afirmaba que la ley de la naturaleza y la razón universal debería ser aplicable a todos los seres humanos por igual.

La reforma globalizada
En este siglo XXI enfrentamos problemas que trascienden las fronteras nacionales. Si alguna vez la polis fue un problema para Diógenes, hoy los hiperobjetos superan ampliamente aquellas cuestiones básicas, por ejemplo: el cambio climático, las crisis financieras, las pandemias, las tecnologías, la disolución del paradigma bien o mal desde un único criterio binario, las soberanías de los estados libres en crisis, la ambivalencia de los gobiernos de derecha contra el narcotráfico que utilizan como carta blanca para invadir las soberanías, a veces viciadas, amenazadas y empobrecidas.
Las soluciones no pueden provenir de la ética local de un solo país o cultura; sería impensable adaptar las cosmovisiones islámicas a los requerimientos de una ética occidentalista y viceversa. Tampoco sostener los caprichos/cortinas de humo de Trump y sus invasiones a otros países. Por esto es que hasta hoy el universalismo no es válido como herramienta para solucionar conflictos.
Tendremos que recurrir al cosmopolitismo que rechaza el nacionalismo, el populismo, tendremos que desarticular la falsa concepción del mundo como lo concibe la especie humana, y también el relativismo cultural que socava la posibilidad de un progreso moral real. Tendremos que dejar de marginar lo que está fuera del mundo habitando el mismo territorio, como consecuencia de las desigualdades económicas, sociales y culturales.
Si la ciudadanía del mundo se basa en la capacidad humana universal para la razón y el reconocimiento de los hechos objetivos, ser un ciudadano del mundo hoy implica participar en un diálogo racional global para determinar qué acciones son moralmente correctas para toda la humanidad. Parece difícil si vemos la situación del planeta y sus guerras e invasiones, sus cortinas de humo. Estas acciones en nombre de la libertad y la paz traen como consecuencia miles de muertes inocentes, civiles, niños y especies no humanas.
Diógenes deconstruyó la identidad local de la polis para liberar al individuo de las convenciones vacías. Hoy deconstruimos el nacionalismo y el relativismo modernos para liberar a la humanidad de los dogmatismos que impiden la cooperación global.
Existe cierto continuismo en el proyecto de los cínicos, ese de la moneda falsa que sostenía Diógenes aludiendo a la ficción del mundo, a las lealtades limitadas.
Mientras que la filosofía de Diógenes fue una ética de retirada del sistema, hoy podríamos reformular el sistema global desde la implicancia de los individuos, tomando el ejemplo de Diógenes para subvertirla. Sin embargo, hay una premisa fundamental que debemos cuestionar radicalmente y es que no hay una única realidad para alcanzar la verdadera libertad.
Diógenes rechazó las jerarquías sociales y políticas, abogando por una ontología plana de la virtud humana: todos los seres humanos son iguales ante la naturaleza, no hay una esencia especial en el rey, el rico o el ciudadano ateniense que los haga moralmente superiores a un esclavo o un perro. Esa ontología desantropocentralizada podría instalarse en el pensamiento contemporáneo y su accionar político, pero habría que lograr discernir básicamente lo que define este mundo que damos por sobrentendido.
La autopercepción de Diógenes como un perro fue una declaración sobre la igualdad ontológica fundamental que podría desarticular la supremacía humana sobre el resto de las especies y objetos. También creía que la verdadera virtud estaba oculta bajo las capas de la convención social y la hipocresía y que el verdadero hombre honesto era difícil de encontrar y no se manifestaba por su apariencia externa o su estatus social. El objeto real es inexhaustible y siempre se retira del acceso completo, ya sea de la percepción humana o de la interacción con otros objetos.
La belleza de una flor solo existe cuando un sujeto la percibe; cuando la flor está sola no tiene esa virtud como definitoria de su realidad.

Human
Un objeto es más que la suma de sus partes y más que sus efectos. Al igual que la virtud para Diógenes, la esencia real del objeto permanece oculta. La filosofía de Diógenes se comunicaba a través del performance, la anécdota y el teatro de la vida real.
La estética y la metáfora son las únicas vías que pueden sugerir la realidad retirada de los objetos. El arte nos permite cosas que la ciencia no puede. El arte habla de esto, el arte es la filosofía y un ejemplo claro de esto es el rescate que hace el artista francés Pierre Huyghe del perro Human (4).
Human fue parte del site specific Untitled de dOCUMENTA 13 de Kassel.
El perro era un podenco ibicenco blanco rescatado por el artista con una pata delantera teñida con colorante de cocina de color rosado. Deambuló libremente por el terreno de la exposición, que incluía una pila de compost, plantas, un desnudo reclinado con un panal de abejas vivo y otros elementos también vivos. La presencia del perro, junto con las abejas y otros, formaba parte de un ecosistema impredecible.
El perro Human se convirtió en un elemento icónico de la obra, desafiando las nociones tradicionales de autoría y control en el arte, ya que sus acciones eran espontáneas e indiferentes a la mirada del público. En septiembre de 2022 su muerte fue notificada por varias fuentes del mundo del arte, marcando el fin de la vida de uno de los protagonistas más singulares de la obra de Pierre Huyghe.
El artista colaboró con un estudiante de ingeniería ambiental de Kassel, Marlon Middeke, para cuidar del perro y el jardín de la instalación. En cuanto a su muerte, Human falleció por causas naturales debido a su avanzada edad, se estimó que tenía unos 13 años en el momento de su muerte. Después de retirarse del mundo del arte, Human, cuyo nombre más común era Uma, vivió con Middeke, el cuidador con el que había desarrollado un vínculo durante la exposición.
Parresía
Diógenes evitaba activamente a la gente y prefería la compañía de los perros. Vivía en la austeridad de un barril en la plaza pública de Atenas, el centro de la vida social y política, para demostrar su desprecio. Hay una famosa anécdota que cuenta que caminaba con una lámpara encendida en pleno día, diciendo que buscaba a un hombre honesto.
A diferencia de un misántropo moderno que simplemente se retira de la sociedad como un marginal, la misantropía de Diógenes era una herramienta ética y un método de enseñanza. Su aversión no era hacia el potencial humano, sino hacia la hipocresía y la corrupción de la sociedad civilizada. Al rechazar la civilidad, ofrecía un modelo alternativo de vida en armonía con la naturaleza, libre de las convenciones sociales que corrompían a los sujetos. Su desprecio le permitía ejercer la parresía; no odiaba a los humanos por ser humanos, sino por haber olvidado cómo ser humanos virtuosos y usó esa aversión como la base para su estilo de vida cínico.
Diógenes es considerado la encarnación más extrema de la parresía cínica. Diógenes hizo de su verdad una acción a través de la provocación. Su vida entera era una declaración, rechazando toda convención social que consideraba hipócrita.
Las convenciones sociales que persisten actualmente bajo el título de organismos internacionales, diplomacia, la democracia persistente y su autoconciencia de que es el mejor de los males posibles, son signos de esa hipocresía milenaria.

La posrealidad en la que estamos sumergidos hoy está sesgada por las alucinaciones personalistas de líderes que sumergen el mundo de la política en ceremonias que son parodias. Los encuentros entre políticos que alguna vez tuvieron protocolos diplomáticos, hoy son teatralizaciones, farsas. La posrealidad no distingue entre lo real y lo falso, la experiencia mediada es tan real como la realidad misma.
Se diferencia de la posverdad y la mentira emotiva de la fake news, porque la posrealidad asume un estado donde la realidad misma ya no es un punto de referencia fijo, sino un constructo maleable. Por eso se está haciendo difícil, ponerse de un lado o del otro, hablar de una ideología u otra, porque el binarismo ha desbarrancado.
En la posrealidad, la narrativa y la imagen prevalecen sobre el referente objetivo, y la capacidad de discernir entre ambos se debilita. La pregunta que surge es si esta situación ya no había sido diagnosticada por Diógenes el Perro.
