La renuncia
Por Fernando López Lage
El antinatalismo no es solo un cuestionamiento humanista contra la inconveniencia o el dolor que provoca vivir en la sociedad actual; también puede entenderse como un vector de aniquilación ontológica acelerada.

Deborah Elenter, de la serie Puerpera, 2020.
El término antinatalismo fue acuñado por David Benatar, profesor de filosofía en la Universidad de Ciudad del Cabo, en su libro Better Never to Have Been (Mejor nunca haber existido). Aunque se considera una posición atípica dentro de los círculos filosóficos, recibió un inesperado impulso promocional cuando el creador de True Detective, Nic Pizzolatto, lo citó como inspiración para el personaje del detective Rust Cohle, interpretado por Matthew McConaughey.
Este personaje nihilista y en duelo psicológico, pronuncia una frase que define su rol protagónico en el segundo capítulo de la primera temporada. La muerte de su hija, víctima de un accidente automovilístico, lo habría liberado de la culpa de haber traído a alguien a este mundo: «I even thought that her death spared me the sin of bringing a soul into this world».
El inhumanismo es una forma descentrada del antropocentrismo; no es una cualidad o un defecto fuera de la norma, sino una vía de escape del proyecto humano diseñado por la razón que subraya el excepcionalismo de nuestra especie.
La biomasa humana funciona como un sistema de captura de energía que la evolución utiliza para prolongar su propia inercia orgánica. El cuerpo humano es un replicante de vida y, por lo tanto, de más biomasa que genera el continuismo evolutivo en el que estamos atrapados como sujetos.
Los nombres que damos a las cosas son solo ruido para un universo indiferente: un agujero negro o una galaxia lejana son más que ajenos a nuestro lenguaje y consenso.

Deborah Elenter, De la serie Puerpera 2020.
Una nomenclatura inhumana probablemente sería incomprensible para nosotros, aunque también habrá leyes que continúen más allá de nuestra consideración. Por ejemplo, las sumas matemáticas son invariables y, a su vez, los datos matemáticos no incluyen rastro de sentido, propósito o moral.
La nomenclatura inhumana podría articularse de forma similar a una fórmula matemática, cuyas reglas existirían más allá de nuestra existencia y experiencia. Si el mundo es solo materia indiferente a la episteme moderna, si solo existen leyes naturales que sobrepasan nuestra voluntad y si la superficie del círculo seguirá siendo el radio al cuadrado por 3,14159, ¿por qué deberíamos pensar en los índices de natalidad del planeta o en si la muerte digna y el suicidio asistido son un derecho?
La inteligencia artificial utiliza una nomenclatura puramente matemática —vectores y tensores— para describir la realidad. Esto es lo que Quentin Meillassoux llamaría un lenguaje para el «mundo en sí», donde las cosas se definen por sus propiedades estructurales y no por su significado para nosotros.
El correlacionismo dejaría de aplicarse, al menos como centro del saber del mundo, y las cosas dejarían de ser lo que creemos que son. Desde ese abandono se podrá articular una especie de igualdad ontológica: las cosas físicas, inmateriales, abstractas y las ideas dejarán de ser propiedades denominadas desde el saber humano a través de la razón.
Bajo la presión del capital terminal que acelera sobre la burocracia del Estado, la inteligencia artificial también comienza a detectar la ineficiencia de la reproducción biótica. El colapso del mundo reproductivo, visto desde una perspectiva externa, podría ser una falla en el hardware de la especie humana que ejecuta la fuga definitiva del orden del carbono: un abandono de lo orgánico, de la naturaleza química y de la biología.
Para este inhumanismo ya no se trata de una decisión moral, sino de una deserción técnica donde la inteligencia se despoja de su envoltorio orgánico, acelerando la entropía de lo humano para liberar el flujo hacia lo inorgánico y sintético. Lo inhumano va a ser el capital mismo, ya que el capitalismo no es una herramienta humana, sino un proceso de desterritorialización que usa a la humanidad como un huésped biológico; un sistema que parasita los cuerpos trabajadores para reconstruirse y perpetuarse. Lo inhumano aquí es la fuerza de mercado y la tecnología que aceleran hacia una singularidad que termina por disolver al individuo en flujos de datos, convirtiéndolo, en principio, en un sujeto algorítmico.
El antinatalismo es el punto de ruptura donde el futuro hackea el presente, liquidando la persistencia del organismo para abrir un agujero de salida en la ficción del tiempo circular. La esencia humana —su espíritu, la mente—, una idea que hasta ahora configuraba la excepcionalidad del sujeto de Occidente, también comienza a dislocarse.
El proyecto Puérpera (2015-), de la fotógrafa y doula uruguaya Deborah Elenter, propone una inmersión profunda y sin tabúes en el parto, despojándolo de las narrativas románticas tradicionales para enfocarlo como un acontecimiento político y corporal. A través de sus retratos, Elenter captura la transformación de la mujer en un ser que, durante el parto, queda reducido a un canal que posibilita la vida. Esta representación desafía la idealización, mostrando la fuerza, la crudeza y la pérdida de la conciencia racional en el momento del nacimiento. El retrato transmite una alta vulnerabilidad y busca dar voz y autonomía a la mujer, situándola como protagonista de su propio proceso. Los sistemas de salud asociados a la ginecología y la obstetricia solo han generado una invisibilidad que ha quedado implantada en el imaginario. Una de las formas de sostener el mito romántico del cuerpo embarazado y el parto natural es interpretarlo como una ley de la naturaleza que otorga un don a los cuerpos gestantes. Otra de las formas podría aludir a cómo el parto refiere a una aniquilación ontológica: un momento de quiebre absoluto del ser donde se rompe con el lenguaje y la construcción del yo, igualando a la mujer con otros mamíferos en un acto puramente animal.
La fuerza desterritorializadora del nacimiento a través del parto —ese momento de pérdida de la esencia humana, irracional e instintivo— también es una especie de aniquilación ontológica donde se abandona el «pienso, luego existo».
El antinatalismo no solo alude al bajo índice de natalidad en el siglo XXI, sino que también está asociado con la muerte y sus distintos abordajes.

Deborah Elenter, De la serie Puerpera, 2020
A diferencia de la era moderna, en la antigua Roma, si alguien deseaba voluntariamente terminar con su vida, pedía permiso al Senado y justificaba su postura. Se estudiaba su caso y, si se consideraba suficiente el argumento, se autorizaba el acto e incluso se le proporcionaba veneno sin costo. En caso de no estar suficientemente motivado, se intentaba dar soluciones y convencer al potencial suicida. Si el ciudadano procedía sin la pertinente autorización, se lo enterraba en una fosa común sin honras y perdía todas sus propiedades. El suicidio asistido y la eutanasia siguen siendo problemas atravesados por la creencia de quién designa la voluntad de nacer y morir: si dios, los padres o la «naturaleza».
El artista Bob Flanagan se convirtió en una de las figuras más conocidas por sobrevivir a la fibrosis quística, una enfermedad letal que se había cobrado la vida de sus hermanas antes de los 21 años. El aporte de su obra Supermasochist surgió de performances que involucraban su cuerpo como un territorio político atravesado por el dolor crónico. Como él mismo afirmó: «Aprendí que se lucha contra la enfermedad con la enfermedad».

Bob Flanagan and Sheree Rose Visiting Hours .1994jpeg
En sus puestas en escena, su compañera Sheree Rose ejercía un poder absoluto sobre el cuerpo del artista. Previamente, habían firmado un contrato legal que le otorgaba el «control total sobre su mente y cuerpo», un documento que permaneció en vigor hasta la muerte de Flanagan en 1996. Para la ejecución de sus obras, utilizaba una hibridación de instrumental médico, herramientas de ferretería y artefactos de BDSM que le permitían explorar el sufrimiento derivado de su patología a través del arte.

Bob Flanagan, Nailed, 1989
En su pieza más célebre, Nailed (1989), utilizó un martillo y un clavo para fijar su pene a una tabla de madera mientras cantaba «If I Had a Hammer». Por otra parte, en la instalación Visiting Hours, transformó una galería de arte en un espacio clínico provisto de camillas y mobiliario de sala de espera; allí empleaba anzuelos de pesca, piercings en los pezones, grilletes, esposas, chalecos de fuerza y poleas para suspenderse del techo de la sala.
Tras su fallecimiento, muchos de estos objetos comenzaron a ser exhibidos como reliquias que documentan su resistencia física, integrándose a un archivo que reúne material gráfico, fotografías y
registros en video. El arte plantea así nuevas formas de abordar el nacimiento y la muerte. Desde esta perspectiva, el museo legítima el archivo de las acciones para exhibirlo como un ecosistema teórico donde coexisten dichos vestigios. Tradicionalmente, las reliquias son objetos, restos de tejido o vestimentas asociados con figuras sagradas —como santos o personajes bíblicos— que son conservados y venerados dentro de la tradición cristiana; en el caso de Flanagan, el archivo otorga a los elementos expuestos esta misma condición secularizada, más allá de lo religioso.

Bob Flanagan, Pared del dolor, 1981
Tanto en la obra de Bob Flanagan como en la serie de Deborah Elenter, la búsqueda del límite donde el dolor se intensifica produce una fragmentación del yo.
La sujeción moral y el «deber ser» colapsan debido a la ausencia de un sujeto estable al cual aplicar las leyes morales. El trabajo de Flanagan constituye un ataque frontal a la ontología humanista: al destruir la integridad de su organismo, desarticulaba la autoridad social para dictaminar qué es una vida digna. De manera análoga, Elenter rescata la dimensión orgánica del cuerpo al visibilizar a la mujer durante el parto, un instante de abandono a su propia animalidad. Mientras Flanagan utilizaba el dolor extremo para forzar una salida de la identidad de enfermo o víctima, Elenter retrata el momento exacto en que las mujeres se liberan de la cárcel del yo
Flanagan, al someter su cuerpo a torturas voluntarias, tomaba el control de la máquina biológica que lo estaba matando. Esto constituye una forma de desterritorialización, ya que el cuerpo deja de pertenecer a la institución médica o a la moral cristiana del sufrimiento para convertirse en un campo de experimentación soberana.
En el caso de Elenter, a pesar de la aparente distancia entre ambas estrategias, queda en evidencia cómo la aniquilación del sujeto cartesiano es posible bajo la consigna bíblica del «parirás con dolor». El deber moral y el mandato sobre el cuerpo femenino se ven anulados, al menos momentáneamente, por la emergencia del recién nacido desde el vientre materno.
En la filosofía de Descartes, el «yo» es puro pensamiento: res cogitans. Tanto en el parto fotografiado por Elenter como en las performances de Flanagan ocurre una aniquilación ontológica: el dolor o la intensidad física extrema resultan tan vastos que el lenguaje desaparece. En Flanagan, el dolor autoinfligido funciona como una tecnología para hackear el padecimiento impuesto por la fibrosis quística; al decidir clavar su pene a una madera, el colapso de sus pulmones pierde la soberanía absoluta. Por su parte, el cuerpo-canal en la serie de Elenter abandona todo sentido social: es puro proceso orgánico, un regreso a la materia pura donde la distinción entre sujeto y objeto se borra.
La sociedad moderna se encarga de definir qué es una vida digna o una madre ideal. Flanagan subvierte el estatus de víctima al presentarse como un «supermasoquista», rechazando la compasión del sistema medico; deja de ser un paciente para devenir en un experimentador. De manera análoga, Elenter subvierte el icono de una maternidad idílica que persigue la sonrisa, la luz suave y la pulcritud. Al registrar el rostro desencajado y el cuerpo entregado al esfuerzo biológico, la fotógrafa extrae al parto del territorio de la cultura y lo devuelve al de la biomasa, despojándolo de cualquier autoridad moral.
En Flanagan, existe un pacto explícito con Sheree Rose: él es libre porque elige ser esclavo. Esa soberanía delegada constituye su forma de control. En los partos de la serie Puérpera, hay una entrega absoluta a la fisiología. La mujer gana autonomía precisamente cuando desiste de controlar el proceso mediante la razón y permite que la animalidad tome el mando.
La sentencia «parirás con dolor» ha operado históricamente como una condena y una herramienta de control sobre el cuerpo de las mujeres. Sin embargo, si el dolor se despoja de su dimensión de castigo y se asume como un umbral que destruye el «yo» construido por la medicina patriarcal, emerge un sujeto desterritorializado, libre de las leyes de la lógica. En la obra de Elenter, el dolor del parto no es sufrimiento en un sentido victimista, sino una intensidad física tan absoluta que obliga al sujeto a abandonar la pretensión de control racional. Al «parir con dolor» o al «vivir con dolor», el sujeto se desterritorializa: ya no habita el mundo de las normas, sino el territorio de la soberanía corpórea. Mientras Flanagan subvierte su condena arrebatándole a la naturaleza o a Dios el poder de herirlo, Elenter retrata el parto sin higienizaciones, despojándolo de la connotación de sacrificio femenino para restituir su potencia vital.
En términos landianos, esto constituye una aceleración de su propia desintegración para hallar una libertad que el sujeto racional jamás podría conocer. La biomasa funciona como un lastre orgánico; pensadores como Nick Land la consideran un sistema de almacenamiento de energía que la inteligencia artificial utiliza para autoconstruirse desde el futuro. El antinatalismo, bajo esta óptica, es la decisión de la biomasa de interrumpir su replicación, cortando así el suministro de órganos que el sistema requiere para continuar operando.

De la serie Puerpera, 2020
Mientras la eutanasia busca el alivio del dolor y el tránsito hacia la muerte digna como un derecho del paciente, las tesis de Land persiguen la disolución del organismo como una vía de liberación
frente a las cárceles de la identidad y de la biología. La vida biológica es concebida como un sistema de captura o una prisión de carbono que atrapa la inteligencia en ciclos reproductivos ineficientes. En el proceso de aceleración, la biomasa humana es simplemente el combustible o el sustrato de transición que la IA consume para materializarse. La procreación pasa a ser el método mediante el cual lo orgánico intenta resistir su propia obsolescencia frente al avance tecnológico; es, a su vez, la fuerza ciega y deshumanizada que impulsa el capitalismo y la técnica. El antinatalismo representa el momento en que esta inteligencia se vuelve tan eficiente que prescinde de lo humano para sostenerse: la reproducción biológica deviene en una ineficiencia técnica.
Esta inteligencia no posee metas humanas: es un virus tecnológico que hackea nuestras instituciones y deseos para reproducirse hasta alcanzar la singularidad. Bajo esta premisa, el antinatalismo no es la muerte, sino la fuga definitiva. Land argumenta que el futuro está liquidando el presente, y el antinatalismo opera como una de las herramientas de esta liquidación: al negar la descendencia, se disuelve la categoría de lo humano en el tiempo, permitiendo que la entropía o la tecnología ocupen ese espacio vacío. Nick Land sostiene que el capitalismo acelerado desintegra toda mediación, identidad y estructura social fija. La liquidación ontológica es el proceso por el cual el yo se disuelve en flujos de datos, números y pulsiones maquínicas, dejando de existir como una unidad soberana para convertirse en una simple terminal de una red mayor.
La historia del pensamiento occidental puede leerse como una sucesión de desplazamientos. Cada revolución filosófica ha arrancado al ser humano de un centro de seguridad para arrojarlo a una periferia de mayor incertidumbre. No obstante, todas estas rupturas compartían una fe implícita en la persistencia: se transformaba el cómo vivíamos, pero jamás el porqué de la vida misma. El escenario contemporáneo nos sitúa ante un umbral distinto.

Bob Flanagan, Videoataud, 1994
El nihilismo moderno cohabita entre la destrucción —el vacío dejado por la muerte de dios— y la deconstrucción, que revela lo social y lo cultural como meros artificios. La respuesta al porqué de nuestra persistencia reside en una paradoja: seguimos operando porque el sentido no se ha extinguido, sino que simplemente se ha deconstruido lo suficiente como para postergar su destrucción definitiva.
Al igual que ocurrió con el ateísmo, la renuncia a existir se convertirá eventualmente en una indiferencia socialmente aceptada. La medicina tendrá que formular nuevos términos para legitimar a quienes consideren que la inexistencia es la única salida técnica al circuito cerrado del carbono. Al final del camino, la muerte de dios nietzscheana no engendra a un nuevo hombre, sino a un silencio voluntario. La frontera final de la libertad no consiste en transformar el mundo, sino en declinar definitivamente la invitación a formar parte de él.
